19 septiembre 2014 |

Francisco Morote Costa – ATTAC Canarias

En la era de los derechos humanos no hay nada más inhumano que la pobreza, sobre todo, la llamada pobreza extrema.

Está asociada al hambre, a la indefensión frente a las enfermedades, a las carencias materiales de lo más elemental. Al sufrimiento y la desesperanza. A la migración imposible, que muchas veces desemboca en tragedias, a veces conocidas, otras muchas veces ignoradas.

La pobreza de millones de personas que ” nacen pobres “, como si eso debiera ser normal, es la antesala de una vida, por llamarla de algún modo, infernal. El infierno en la tierra. No es extraño que los credos que prometen a los pobres, a los muy pobres, el paraíso en la ” otra vida “, hayan tenido tanto éxito a lo largo de la historia. Pero hoy es inadmisible la pobreza. Representa la violación más brutal e injustificable de los derechos humanos. Derechos humanos y pobreza no se compadecen, no son compatibles. En consecuencia, es un ejercicio de hipocresía y cinismo inauditos pregonar los primeros sin reprobar y hacer frente a la pobreza y sus sinrazones.

Sólo desde las visiones torcidas de la aporofobia, de la aversión y el miedo hacia los pobres, se les puede inculpar y así justificar el infierno en el que viven. No puede sostenerse por más tiempo la contradicción entre unos derechos humanos proclamados y reconocidos universalmente y una realidad despiadada que los desmiente.

Por congruencia la ONU, donde en 1948 los derechos humanos fueron objeto de una solemne Declaración, debería, en el período comprendido entre 2015, fecha convenida para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio y 2018, setenta aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, declarar ilegal la pobreza, del mismo modo que el progreso material y moral de la humanidad llevó en los siglos XVIII y XIX a la abolición de la servidumbre de la gleba y en el XIX a la prohibición de la esclavitud.

Sólo así se sentarán las premisas éticas que obligarán a la comunidad internacional y a los Estados a implementar las políticas económicas, sociales y culturales que erradiquen la pobreza y hagan una realidad, para todos, el ejercicio pleno de los derechos humanos. Este es el gran reto para la ONU del siglo XXI, hagamos, desde la sociedad civil global, que lo asuma.

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